Cultivos Tropicales Vol. 43, No. 1, enero-marzo 2022, ISSN: 1819-4087
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Revisión bibliográfica

Los hongos micorrízicos arbusculares y su rol en los agroecosistemas

 

iDLaura R. Medina-García*


Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA), carretera San José-Tapaste, km 3½, Gaveta Postal 1, San José de las Lajas, Mayabeque, Cuba. CP 32 700.

 

*Autor para correspondencia: laura@inca.edu.cu

Resumen

Los agroecosistemas son ecosistemas sometidos por el hombre a continuas modificaciones de sus componentes. La relación entre la biodiversidad y el funcionamiento de estos es muy compleja y los efectos positivos dependen, principalmente, de las interacciones entre los componentes bióticos o entre bióticos y abióticos. Los microorganismos del suelo son esenciales para el funcionamiento de los ecosistemas terrestres, la relevancia de la diversidad microbiana de los suelos para el funcionamiento de la agricultura y de los ecosistemas naturales, ha sido identificado como una de las mayores áreas de investigación en la ciencia actual. Dentro de este grupo de microorganismos los hongos micorrizógenos arbusculares (HMA) representan una de las más antiguas y extendidas formas de simbiosis. Las investigaciones más recientes acerca de los HMA, han ampliado el contexto en el cual es vista la simbiosis micorrízica, poniendo gran énfasis en los efectos de esta sobre las comunidades vegetales y el ecosistema en general y, a consecuencia de las múltiples funciones que cumplen los HMA en el ecosistema, el número de estudios ecológicos relacionados con ellos ha aumentado considerablemente en los últimos años. El objetivo de este trabajo consistió en repasar la función de las relaciones micorrízicas en su hábitat.

Palabras clave: 
ecosistemas, simbiosis, diversidad biológica

Recibido: 30/11/2020; Aceptado: 25/6/2021

CONTENIDO

Introducción

 

Los sistemas agrícolas son ecosistemas dinámicos comunmente manejados para conseguir altas producciones y el mayor rendimiento posible de los cultivos. Estos son influenciados por factores antropogénicos, como la aplicación de fertilizantes y pesticidas, las labores intensivas de cultivo y el monocultivo. Estas actividades tienen un impacto sobre los microorganismos del suelo, los cuales representan un componente esencial del funcionamiento y sostenibilidad de los agroecosistemas (1).

Los microorganismos constituyen la mayoría invisible de la vida en los suelos, pero a pesar de su abundancia, su impacto en el funcionamiento de los agroecosistemas continúa siendo pobremente entendido. Ellos juegan un papel fundamental en los ecosistemas e influencian un importante número de procesos, entre los que incluyen los ciclos de los elementos como el carbono, el fósforo y el nitrógeno, el incremento de la productividad de los cultivos y la mejora de las propiedades físicas de los suelos (1,2). Un importante grupo de microorganismos del suelo lo constituyen los hongos micorrízicos arbusculares (HMA). Los HMA son frecuentemente descritos como una extensión de las raíces de las plantas que crece fuera de estas hacia el suelo, entregando nutrientes a su huésped a cambio de carbono. Este enfoque, basado en la economía del carbono, es frecuentemente el paradigma dominante que define la asociación entre las plantas y los HMA. Sin embargo, los HMA pueden tener también efectos no relacionados directamente con la nutrición, algunos de estos pueden ser, incluso, tan importantes como la nutrición misma, contribuyendo al incremento de la productividad vegetal e influyendo en la dinámica de las comunidades y ecosistemas.

Incorporar estos efectos no nutricionales en el entendimiento de los HMA, permite una determinación más precisa de las condiciones, bajo las cuales estos pueden favorecer de manera más eficiente a las plantas y, por ende, a la agricultura (3).

Los agroecosistemas

 

Los agroecosistemas son ecosistemas sometidos por el hombre a continuas modificaciones de sus componentes bióticos y abióticos, con el objetivo de producir alimentos y fibras. Estos se diferencian de los ecosistemas naturales por cuatro características fundamentales (4):

  • La simplificación, los agricultores prefieren algunas especies vegetales eliminando a otras plantas y animales.

  • El consumo de energía empleado por el hombre en forma de maquinarias, fertilizantes, pesticidas, selección de semillas y otros procesos.

  • La biomasa que es removida durante la cosecha, convierte al ecosistema en un sistema abierto que depende de procesos externos, para reintroducir sustancias fertilizantes apropiadas, para sustentar el crecimiento y el desarrollo de nueva biomasa. Los ecosistemas naturales se autofertilizan con los restos de organismos locales.

  • La introducción de sustancias que, en dependencia de su dosis o manejo, pueden llegar a ser contaminantes, las cuales, en el caso de la agricultura intensiva, son fertilizantes, pesticidas y otros químicos no biodegradables que se acumulan en el ecosistema con el consiguiente daño.

Los sistemas de cultivo se encuentran en continua adaptación para satisfacer las necesidades de los agricultores en un contexto socioeconómico cambiante (5). Una parte de la agricultura está desarrollada para incrementar la productividad y satisfacer así la demanda cada vez más creciente de alimentos y fibras, lo que ha conducido a una simplificación excesiva de la diversidad de cultivos, una dependencia creciente del uso de químicos y la disminución del uso de interacciones bióticas beneficiosas (6,7).

Existe una creciente evidencia que sugiere que la fragmentación de los hábitats naturales, unido a los cambios en el uso de la tierra y los altos niveles de agroquímicos, son las mayores causas de la rápida disminución de la biodiversidad en muchos escenarios agrícolas (8-11), con la amenaza potencial de afectar muchos servicios ecológicos como la polinización y el control de plagas.

La relación entre la biodiversidad y el funcionamiento de los agroecosistemas es muy compleja. Los efectos positivos dependen principalmente de las interacciones entre los componentes bióticos o entre bióticos y abióticos. Todas estas interacciones son de gran interés para la agricultura por los servicios que proveen a los agroecosistemas. Estos van desde el control no químico de plagas y enfermedades, hasta la mejora de las condiciones para el desarrollo de los cultivos, resultantes de los cambios en la disponibilidad de los nutrientes y la estructura del suelo. Un componente biótico que juega un papel preponderante en estos beneficios lo constituyen los microorganismos.

Los microorganismos en los agroecosistemas

 

Los microorganismos del suelo son esenciales para el funcionamiento de los ecosistemas terrestres y catalizan transformaciones únicas e indispensables en los ciclos biogeoquímicos del planeta (12,13). La relevancia de la diversidad microbiana de los suelos para el funcionamiento de la agricultura y de los ecosistemas naturales continúa siendo pobremente comprendida (14,15). Desentrañar qué hacen los microorganismos del suelo, ha sido identificado como un área importante de investigación en la ciencias biológicas y agrícolas actuales.

Los microorganismos del suelo tienen un gran impacto sobre la productividad de las plantas. Dentro de esto se pueden distinguir dos mecanismos fundamentales: un efecto directo sobre las plantas, por la vía de los microorganismos asociados a la raíz, ya sean estas asociaciones patogénicas o mutualistas y un efecto indirecto mediante la acción de los microorganismos de vida libre que afectan las tasas de suministro de nutrientes y la repartición de esos recursos (10,14).

La meta principal en los estudios ecológicos de los agroecosistemas es entender los factores que determinan la composición y diversidad de las comunidades vegetales. Factores como la fertilidad del suelo, la posición geográfica y el clima, son conocidos por su influencia sobre la riqueza de las especies de plantas. Existen actualmente crecientes evidencias de que los microorganismos del suelo, en especial aquellos que viven en simbiosis con las plantas también contribuyen a la diversidad vegetal.

La propiedad biológica del suelo que recibe la mayor atención está relacionada con la abundancia relativa de bacterias y hongos en el ecosistema. Las bacterias y los hongos tienen, por lo general, funciones muy distintas y los ecosistemas se hayan con frecuencia caracterizados por tener dominancia fúngica o bacteriana en la comunidad microbiana o una combinación de ambos (16).

No se conoce mucho acerca de la importancia funcional que tiene para la dinámica de la comunidad vegetal esta dominancia bacteriana o fúngica; la idea más extendida es que en ecosistemas donde la cadena de nutrientes tiene una dominancia bacteriana, se realzan las tasas de mineralización de nutrientes y la disponibilidad de estos para las plantas, mientras que en áreas con dominancia fúngica los ciclos de los nutrientes son más lentos y altamente conservadores (16).

Los microorganismos del suelo también regulan la productividad de las plantas mediante variados mecanismos. Los efectos positivos son más comunes en ecosistemas pobres en nutrientes, donde incrementan el suministro de nutrientes limitantes como el N y el P. En estos casos hasta el 90 % del P y el N es proporcionado por los HMA y las bacterias fijadoras de nitrógeno, lo que resalta la importancia de estos en la regulación de la productividad de las plantas. También podemos encontrar efectos negativos de los microorganismos sobre la productividad de las plantas cuando estos actúan como patógenos, compiten con las plantas por los nutrientes o transforman estos en formas inaccesibles para ellas (17).

Varios grupos de microorganismos del suelo también regulan la diversidad de las plantas cambiando las interacciones competitivas o promoviendo el desarrollo de grupos funcionales específicos de plantas. De particular importancia son los microorganismos simbiontes los que se asocian con más de 200 000 especies de plantas, que dependen completamente de ellos para su desarrollo y sobrevivencia (2,3).

Para un mejor entendimiento de como la microbiota influencia la diversidad vegetal y su productividad, varios puntos cruciales deben ser dilucidados, principalmente entender como los cambios en la diversidad y composición microbiana influencian la productividad de las plantas y la dinámica de la comunidad vegetal es el mayor reto presente y futuro.

Los Hongos Micorrízicos Arbusculares

 

Está ampliamente aceptado que el establecimiento de la vida vegetal en la tierra coincidió con el establecimiento y la profunda influencia de la evolución de una simbiosis mutuamente benéfica entre las primeras plantas terrestres y cierta clase de hongos (18-23).

La mayoría de las plantas terrestres actuales viven en simbiosis con hongos que ocupan sus raíces. Esta simbiosis es conocida como micorriza que proviene de griego mico=hongo y rhiza=raíz. Existen cuatro tipos principales de micorrizas (20), pero el tipo predominante son las micorrizas arbusculares que se encuentran asociada con al menos en 72 % de las angiospermas, algunas briofitas, la mayoría de los helechos, así como las gimnospermas a excepción de las pinaceas (24,25).

Evolución de los HMA

 

Las micorrizas arbusculares son una de las más antiguas y extendidas formas de simbiosis. Datos paleobotánicos y moleculares sugieren que las primeras asociaciones entre plantas terrestres y un hongo de tipo glomoide, ocurrieron hace más de 460 millones de años (26) de 300 a 400 millones de años antes de la aparición de nódulos en las raíces, producto de la simbiosis con las bacterias fijadoras de nitrógeno. Las investigaciones actuales sobre la historia evolutiva de los HMA y de la simbiosis micorrízica con las plantas se encuentran enfocadas en gran parte en datos genéticos y moleculares (27). Sin embargo, el registro fósil (28), ha hecho una gran contribución a nuestro entendimiento de la distribución de la simbiosis micorrízica en los ecosistemas del pasado (29-37).

Hace más de 410 millones de años, en el período Devónico, se originó Aberdeenshire en el noreste de Escocia, un ecosistema continental complejo y bien desarrollado, que se petrificó a través de la inundación con agua rica en sílice de las aguas termales (38) y ocupa un lugar destacado en este contexto. Este fósil es la evidencia de la presencia de hifas, arbúsculos y esporas muy parecidas a los actuales HMA en la temprana planta terrestre Aglaophyton majus (31,39,40).

La micorriza de A. majus es considerada el ejemplo principal de la evidencia fósil en la historia evolutiva de los sistemas micorrízicos (41-44). Aun la evidencia fósil de Rhynie, contribuye a la hipótesis de que el establecimiento de las plantas en la tierra coincidió y fue influenciada por la evolución de la simbiosis entre las primeras plantas y cierta clase de hongo (18,20,22,23,45-47).

La similitud de las estructuras fósiles con los HMA actuales no tiene que ser necesariamente equivalente con la función que tenían en las antiguas asociaciones fósiles, ya que el rol fúngico en estos ecosistemas primarios pudo haber sido más variado de lo que es en la actualidad o los hongos con morfología similar pudieron haber tenido una funcionalidad más diversa (20). No obstante, se considera en la actualidad que la producción de arbúsculos en las raíces de las plantas modernas es un indicador morfológico del establecimiento de una relación micorrízica satisfactoria, siendo probable que un punto de vista similar de la naturaleza simbiótica de los arbúsculos en el registro fósil puede ser aceptada.

Importancia de los HMA en el sistema Suelo-Planta

 

Las investigaciones más recientes sobre los HMA han ampliado el contexto, en el cual es vista la simbiosis micorrízica, poniendo gran énfasis en los efectos de esta sobre las comunidades vegetales y el ecosistema en general. Muchos autores han resaltado la naturaleza multifuncional de los efectos micorrízicos incluyendo la interacción con las bacterias (48,49), el ciclo del carbono (50), el efecto sobre la comunidad vegetal (51), la síntesis tripartita con los micoheterótrofos (52,53) y la mediación de la respuesta de las plantas al estrés (54).

Entendiendo la función de las relaciones micorrízicas en la naturaleza

 

El mayor logro, en los primeros cien años de investigación de la simbiosis micorrízica, fue entender que es una asociación casi universal presente en prácticamente todas las comunidades terrestres de plantas. Sin embargo, la mayoría de los estudios sobre las características funcionales de la asociación micorrízica han tenido un enfoque reduccionista y el rol de esta simbiosis en la dinámica de las comunidades vegetales terrestres ha sido obviado en muchas ocasiones.

Intemperismo y solubilización de los minerales

 

Aunque es bien aceptado que las micorrizas participan en la adquisición de nutrientes que se encuentran en la solución del suelo, existe un creciente interés en la idea que el micelio micorrízico ya sea por sí mismo o en asociación con bacterias u otros hongos, puede liberar nutrientes provenientes de partículas minerales o de la superficie de las rocas a través del intemperismo (55-57).

Mobilización de nutrientes provenientes de sustratos orgánicos

 

Además de mejorar la adquisición de las plantas de nutrientes minerales muchos HMA pueden jugar un rol significativo en la movilización de nutrientes provenientes de sustratos orgánicos. El efecto más significativo para las plantas lo constituye la movilización de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo que de otra manera no se encontrarían disponibles para las raíces. Se encuentra documentado el secuestro de nitrógeno y fósforo por los HMA a partir de un amplio rango de sustratos orgánicos como son el polen (58), nemátodos muertos (59), colémbolos (60) y micelios saprotróficos (61).

Flujo de carbono

 

El flujo de compuestos carbonados ricos en energía de las raíces de las plantas a la microbiota edáficas constituye el proceso principal de suministro de carbono a los suelos, teniendo los HMA un papel preponderante en este proceso, al fluir cantidades significativas de carbono a través del micelio micorrízico hacia diferentes componentes del ecosistema del suelo (62).

Biorremediación

 

Los hongos micorrízicos tienen una variedad de efectos que contribuyen a la mejora de los diferentes tipos de estrés experimentados por las plantas, incluyendo toxicidad por metales, estrés oxidativo, estrés hídrico y efectos de la acidificación del suelo.

Se ha demostrado que la diversidad vegetal y la productividad de las comunidades de pastizales reconstruidas dependen de la presencia de un conjunto rico en especies de HMA (51). El aumento de la diversidad fúngica da como resultado una mayor diversidad de especies vegetales y una mayor productividad, lo que sugiere que los cambios en la diversidad subterránea de simbiontes micorrízicos pueden generar cambios en la diversidad y productividad del suelo. Es probable que el mecanismo detrás de esto sean los efectos diferenciales de combinaciones específicas de plantas y hongos en el crecimiento de diferentes especies de plantas.

Esto es consistente con la idea que surge de muchos estudios moleculares, de que el grado de especificidad micorrízica puede ser mayor de lo que se suponía hasta ahora. Si la adición de nuevas especies de hongos conduce a un aumento en la supervivencia y el vigor de más especies de plantas que responden a la colonización micorrízica, entonces puede haber un efecto positivo de retroalimentación sobre los hongos micorrízicos, lo que lleva a una utilización más eficiente de los recursos y aumenta la productividad general. Estos efectos sugieren que la diversidad y la productividad de las plantas responden mejor a la identidad de los HMA que a la diversidad de los mismos (25,50).

Las características de los suelos rigen las comunidades micorrízicas

 

A consecuencia de las múltiples funciones que cumplen los HMA en el ecosistema, el número de estudios ecológicos relacionados con ellos ha aumentado considerablemente en los últimos años. Estos estudios toman en consideración las comunidades micorrízicas asociadas a diferentes plantas hospederas en diferentes ecosistemas, sin embargo, los estudios que comparen la ocurrencia de especies y comunidades micorrízicas en diferentes tipos de suelo son escasos y se enfocan principalmente en suelos cultivados y en los diferentes usos de las tierras.

Los tipos de suelo han sido reportados como un factor determinante en la composición de las comunidades micorrízicas siendo particularmente relevante en ambientes estresados como los suelos salinos, contaminados con metales pesados y suelos termales (1,3,13,14).

Si el tipo de suelo determina la composición y riqueza de especies de HMA sería esencial conocer el factor determinante que influye sobre las comunidades micorrízicas y si es un solo parámetro o un grupo de propiedades físicas, químicas y biológicas las responsables de esta influencia.

Se ha encontrado que diferentes poblaciones de HMA en campos agrícolas colonizaban a mismo hospedero dependiendo de las concentraciones de fósforo en el suelo (63), estableciéndose que el pH del suelo tiene un fuerte efecto sobre las comunidades micorrízicas en agroecosistemas (64). Sin embargo, estos estudios solo consideran un limitado número de propiedades del suelo.

Los enfoques más recientes plantean que los efectos del tipo de suelo sobre las poblaciones de HMA no pueden ser atribuidos a una sola característica edáfica, encontrándose que la influencia de parámetros como la materia orgánica, la textura del suelo, elementos como el zinc y el magnesio entre otros juegan un rol significativo en la composición de la comunidad micorrízica de los agroecosistemas (65-67).

Interacciones bióticas de los HMA en el ecosistema

 

Además de aumentar el área de absorción de la planta huésped, las hifas de hongos simbióticos proporcionan un área de superficie aumentada para las interacciones con otros microorganismos y proporcionan una vía importante para la translocación de asimilados de plantas ricas en energía (productos fotosíntesis) al suelo. Las interacciones pueden ser sinérgicas, competitivas o antagónicas y pueden ser de importancia en áreas como la agricultura sostenible (48), el control biológico o la biorremediación.

El grado en que las interacciones entre micelios micorrizógeno y otros microorganismos influyen en diferentes sustratos orgánicos o minerales aún no está claro y se necesitan más experimentos para distinguir entre la actividad de las hifas micorrízicas y las actividades de otros organismos. Los experimentos de Artursson demuestran que la inoculación con un HMA modificó las comunidades bacterianas activas asociadas con el trébol micorrizado y las raíces de trigo (68), lo que sugiere que los hongos micorrízicos pueden influir en la estructura de la comunidad bacteriana.

Estudios detallados que utilizan sistemas in vitro muestran que los exudados de HMA tienen el potencial para influir en la vitalidad y la estructura comunitaria de las bacterias micorrizosféricas (69) y este tipo de efecto puede ser significativo en relación con el control biológico de los patógenos de las plantas.

Los enfoques basados en el sondeo de isótopos estables, el análisis de ARN y la metagenómica (70) indican que hay muchos simbiontes radiculares no identificados hasta ahora y que las bacterias y los HMA que ocupan las raíces muestran una actividad diferencial en el consumo de C, siendo unos mayores consumidores que otros. Algunos experimentos sugieren que los HMA pueden influir en los conjuntos bacterianos en las raíces, pero que el efecto no es recíproco (71). Los micelios fúngicos de HMA desempeñan claramente un papel importante en los procesos microbianos que influyen en el funcionamiento del ecosistema, pero todavía hay mucho que aprender sobre las interacciones detalladas de los microbios que habitan las raíces y cómo se regulan.

Para entender el funcionamiento de los hongos micorrízicos en los ecosistemas es necesario tener en cuenta todas las posibles interacciones bióticas que ocurren en el suelo. Si bien un número de estas interacciones han sido mostradas como cruciales, algunas como el parasitismo han sido más descuidadas en la ecología de estos y merecen una mayor atención.

Rol de los HMA residentes e introducidos en los ecosistemas

 

La comprensión de las consecuencias potencialmente grandes de la globalización de las distribuciones de especies se ha convertido en un foco importante de los estudios ecológicos durante las últimas décadas. Esta globalización de la biota ha dado lugar a la degradación ecológica (72), pérdidas de biodiversidad y aumento de la homogeneización biótica (73).

Sin embargo, también ha habido enormes beneficios económicos asociados con el movimiento de especies intencionalmente. Por ejemplo, prácticamente toda la producción agrícola es un producto de especies en hábitats no nativos. Aunque no se discute a menudo en la literatura ecológica actual sobre especies invasoras, los beneficios sociales y las ganancias económicas como consecuencia del movimiento de la biota en un esfuerzo por apoyar a las sociedades humanas son considerables.

En este contexto, la tasa y el volumen del movimiento intencional de hongos micorrízicos introducidos está aumentando como consecuencia de la propuesta de aprovechar los organismos benéficos del suelo para una mejor agricultura (74), horticultura (75), la restauración del hábitat (76), la biorremediación (77) y la silvicultura (78,79).

El movimiento intencional de las especies de hongos micorrízicos está creciendo, pero el potencial concomitante de consecuencias ecológicas negativas de las invasiones por hongos micorrízicos es poco conocido. Hasta donde se conoce, no existen casos documentados en los que el movimiento intencional de hongos micorrízicos haya conducido directamente a un problema de especies invasoras persistentes. Sin embargo, es difícil determinar si esta falta de conocimiento se debe a que los problemas no existen o porque no se detectan.

Existe la necesidad de considerar la posibilidad de efectos indeseables tanto manifiestos como sutiles del movimiento de hongos micorrízicos. Las consecuencias indeseables de la inoculación, cuando ocurren, es probable que pasen desapercibidas porque el monitoreo a gran escala de las consecuencias de la inoculación rara vez se lleva a cabo.

Los hongos micorrízicos generalmente se consideran mutualistas, por consiguiente, ha habido poca preocupación por las posibles consecuencias negativas de su introducción. Sin embargo, hay evidencia de que la función micorrízica puede variar (80-82).

La introducción de HMA puede tener un impacto directo sobre las comunidades micorrízicas residentes y un impacto indirecto sobre la composición de la comunidad de plantas residentes. El impacto directo de la introducción de estos hongos sobre las comunidades fúngicas residentes debe ser estudiado con detenimiento ya que existen evidencias de que una vez introducidos son altamente persistentes en sus nuevos ambientes (80).

Incluso teniendo cuidado de introducir solo especies existentes en los ecosistemas el problema puede continuar ya que los nuevos ecotipos pueden superar a los residentes y propagarse más allá del sitio de introducción, y pueden interactuar de manera diferente con huéspedes residentes, comunidades del suelo y condiciones abióticas.

Diferentes especies de hongos micorrízicos varían ampliamente en sus respuestas al medio ambiente y en los beneficios que proporcionan a las plantas huésped. Además, se ha demostrado que la hibridación o introgresión entre las poblaciones introducidas y residentes de plantas y animales tiene consecuencias negativas significativas para las poblaciones residente, incluyendo la extinción, especialmente cuando estas poblaciones son pequeñas o raras (83).

Entender cómo los HMA introducidos coexisten con la comunidad micorrízica residente y si realmente lideran los cambios en las producciones agrícolas es la clave para lograr una aplicación exitosa de los HMA en la agricultura. Existen cuatro áreas donde los ecologistas podrían contribuir significativamente a un uso más efectivo de los HMA (84):

  • Comprender la capacidad de supervivencia y colonización de los HMA introducidos en presencia de una comunidad micorrízica existente.

  • Comprender la adaptabilidad de los HMA a las condiciones ambientales que el hongo no ha experimentado previamente.

  • La importancia de la variación genética dentro de los HMA y cómo afecta el crecimiento de las plantas.

  • La necesidad de identificar si el efecto de la introducción de HMA sobre el rendimiento de los cultivos es directo o indirecto, a través de cambios en la comunidad micorrízica residente.

La adaptación

 

Para ser eficaz, el hongo tiene que adaptarse a un tipo de suelo o cultivo determinado. De hecho, como los altos niveles de nutrientes pueden reducir la colonización micorrízica, pudiera ser más difícil para los HMA establecerse en suelos más ricos en nutrientes. Sin embargo, algunas especies de HMA parecen tener un rango geográfico extremadamente grande, lo que sugiere una falta de especialización a ciertos ambientes como es el caso de las especies Funneliformis mosseae y Rhizophagus irregularis (85). De hecho, algunos estudios de campo utilizaron con éxito cultivos in vitro de R. irregularis procedente de suelos áridos de España en suelos ácidos tropicales extremadamente pobres en nutrientes y con una planta (yuca) que el hongo no había experimentado previamente (86).

La colonización y la competencia

 

Los HMA difieren en las tasas en las que colonizan las raíces de las plantas, así como sus habilidades para competir con otros hongos micorrízicos una vez que están dentro de las raíces. Por ejemplo, se ha demostraron que los aislados de Glomaceae tienden a colonizar las raíces significativamente más rápido, en comparación con aislados de Acaulosporaceae y Gigasporaceae, algunos de los cuales tardaron hasta 5 semanas más que especies de la familia Glomaceae (87). Los estudios de interacciones entre especies residentes e introducidas de HMA muestran que los resultados competitivos también varían con los taxones de hongos (88).

Aunque los resultados competitivos a veces pueden depender de las densidades de inóculo relativas iniciales, algunos taxones de hongos micorrízicos son claramente más competitivos que otras especies. La presencia de un hongo en un sistema radicular puede alterar la capacidad de otro para colonizar las raíces, pero esto puede depender de la etapa en el ciclo de vida de los hongos.

Impacto ecológico de la introducción de HMA no residente

 

Una pregunta obvia es si la introducción de un HMA no residente altera significativamente la diversidad o la composición de la comunidad micorrízica existente. Varios estudios que han utilizado técnicas Metagenómicas ofrecen la primera imagen de la diversidad micorrízica en las comunidades (86). Siendo un desafío mayor la interpretación ecológica de cualquier cambio en la comunidad micorrízica residente. Aunque es probable que una disminución en la diversidad de HMA sea considerada como un impacto ambiental negativo, todavía no se entiende con claridad qué aspectos de la diversidad micorrízica (riqueza, uniformidad) favorecen el crecimiento de los cultivos.

Persistencia e invasividad de los HMA introducidos

 

Los inoculantes micorrízicos son difíciles de localizar en experimentos de campo. Por lo tanto, en la práctica, ha sido difícil medir la persistencia o la invasividad de un HMA introducido. Otro problema práctico es que las mismas especies de hongos ya pueden estar presentes en la comunidad micorrízicas residentes, lo que significa que un gran número de marcadores moleculares utilizados para rastrear el hongo pueden ya existir en el sitio de campo (59,63,80).

Conclusiones

 

La introducción de un HMA alóctono es una alteración biótica que pudiera alterar la estructura de la comunidad micorrízica residente. Sin embargo, no hay información sobre si la inoculación micorrízica que da como resultado un mejor rendimiento de los cultivos, es en realidad debido a un efecto directo del hongo, utilizado como inóculo, en la planta o indirectamente, a través de un cambio en la comunidad micorrízica residente. Por lo tanto, es pertinente entender los mecanismos que rigen la composición comunitaria de los HMA, en respuesta a la aplicación de un inóculo micorrízico. Esta es una cuestión ecológica clave que requiere una consideración cuidadosa para un uso ecológicamente sostenible de los HMA. Además, los efectos variables sobre el rendimiento de los cultivos micorrizados, utilizando el mismo inóculo en diferentes agroecosistemas, podrían estar determinados por su efecto indirecto en las comunidades micorrízicas locales, que podrían diferir en estos lugares.

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Cultivos Tropicales Vol. 43, No. 1, enero-marzo 2022, ISSN: 1819-4087
 
Bibliographic review

Arbuscular mycorrhizal fungi and their role in agroecosystems

 

iDLaura R. Medina-García*


Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA), carretera San José-Tapaste, km 3½, Gaveta Postal 1, San José de las Lajas, Mayabeque, Cuba. CP 32 700.

 

*Author for correspondence: laura@inca.edu.cu

Abstract

Agroecosystems are ecosystems subjected by humans to continuous modifications of their components. The relationship between biodiversity and the functioning of these ecosystems is very complex and the positive effects depend mainly on the interactions between biotic components or between biotic and abiotic components. Soil microorganisms are essential for the functioning of terrestrial ecosystems, and the relevance of soil microbial diversity for the functioning of agriculture and natural ecosystems has been identified as one of the major areas of research in current science. Within this group of microorganisms, arbuscular mycorrhizal fungi (AMF) represent one of the oldest and most widespread forms of symbiosis. The most recent research on AMF has broadened the context in which mycorrhizal symbiosis is viewed, placing great emphasis on its effects on plant communities and the ecosystem in general and, as a consequence of the multiple functions that AMF fulfill in the ecosystem, the number of ecological studies related to them has increased considerably in recent years. The aim of this work was to review the role of mycorrhizal relationships in their habitat.

Key words: 
ecosystems, symbiosis, biological diversity

Introduction

 

Agricultural systems are dynamic ecosystems commonly managed to achieve high yields and the highest possible crop yields. They are influenced by anthropogenic factors, such as fertilizer and pesticide application, intensive tillage and monoculture. These activities have an impact on soil microorganisms, which represent an essential component of the functioning and sustainability of agroecosystems (1).

Microorganisms constitute the invisible majority of life in soils, but despite their abundance, their impact on the functioning of agroecosystems remains poorly understood. They play a fundamental role in ecosystems and influence a number of important processes, including cycling of elements such as carbon, phosphorus, and nitrogen, increasing crop productivity, and improving soil physical properties (1,2).

An important group of soil microorganisms is the arbuscular mycorrhizal fungi (AMF). AMF are often described as an extension of plant roots that grow out of plants into the soil, delivering nutrients to their host in exchange for carbon. This approach, based on carbon economics, is often the dominant paradigm defining the association between plants and AMF. However, AMF can also have effects not directly related to nutrition, some of which may even be as important as nutrition itself, contributing to increased plant productivity and influencing community and ecosystem dynamics.

Incorporating these non-nutritional effects into the understanding of AMF allows a more precise determination of the conditions under which they can more efficiently favor plants and, therefore, agriculture (3).

Agroecosystems

 

Agroecosystems are ecosystems subjected by man to continuous modifications of their biotic and abiotic components, with the objective of producing food and fiber. They differ from natural ecosystems in four fundamental characteristics (4):

  • Simplification, farmers prefer some plant species eliminating other plants and animals.

  • The consumption of energy used by humans in the form of machinery, fertilizers, pesticides, seed selection and other processes.

  • The biomass that is removed during harvesting turns the ecosystem into an open system that depends on external processes to reintroduce appropriate fertilizing substances to sustain the growth and development of new biomass. Natural ecosystems are self-fertilizing with the remains of local organisms.

  • The introduction of substances that, depending on their dose or handling, can become pollutants, which, in the case of intensive agriculture, are fertilizers, pesticides and other non-biodegradable chemicals that accumulate in the ecosystem with consequent damage.

Cropping systems are continuously adapting to meet the needs of farmers in a changing socioeconomic context (5). Some agriculture is developed to increase productivity to meet the ever-increasing demand for food and fiber, which has led to an oversimplification of crop diversity, an increasing reliance on chemical use, and a decrease in the use of beneficial biotic interactions (6,7).

There is growing evidence to suggest that fragmentation of natural habitats, coupled with changes in land use and high levels of agrochemicals, are major causes of the rapid decline in biodiversity in many agricultural settings (8-11), with the potential threat of affecting many ecological services such as pollination and pest control.

The relationship between biodiversity and agroecosystem functioning is very complex. Positive effects depend mainly on interactions between biotic components or between biotic and abiotic components. All these interactions are of great interest to agriculture because of the services they provide to agroecosystems. These range from non-chemical control of pests and diseases to improved conditions for crop development resulting from changes in nutrient availability and soil structure. One biotic component that plays a major role in these benefits is microorganisms.

Microorganisms in agroecosystems

 

Soil microorganisms are essential for the functioning of terrestrial ecosystems and catalyze unique and indispensable transformations in the biogeochemical cycles of the planet (12,13). The relevance of soil microbial diversity to the functioning of agriculture and natural ecosystems remains poorly understood (14,15). Unraveling what soil microorganisms do has been identified as an important area of research in current biological and agricultural sciences.

Soil microorganisms have a major impact on plant productivity. Within this, two fundamental mechanisms can be distinguished: a direct effect on plants via root-associated microorganisms, whether these associations are pathogenic or mutualistic, and an indirect effect through the action of free-living microorganisms that affect nutrient supply rates and the partitioning of these resources (10,14).

The main goal in ecological studies of agroecosystems is to understand the factors that determine the composition and diversity of plant communities. Factors such as soil fertility, geographical position and climate are known to influence plant species richness. There is now growing evidence that soil microorganisms, especially those living in symbiosis with plants, also contribute to plant diversity.

The biological property of soil that receives the most attention is related to the relative abundance of bacteria and fungi in the ecosystem. Bacteria and fungi generally have very different functions, and ecosystems are often characterized by fungal or bacterial dominance in the microbial community or a combination of both (16).

Not much is known about the functional importance of this bacterial or fungal dominance for plant community dynamics; the most widespread idea is that in ecosystems where the nutrient chain is bacterially dominant, nutrient mineralization rates and nutrient availability to plants are enhanced, whereas in areas with fungal dominance, nutrient cycling is slower and highly conservative (16).

Soil microorganisms also regulate plant productivity through a variety of mechanisms. Positive effects are more common in nutrient-poor ecosystems, where they increase the supply of limiting nutrients such as N and P. In these cases up to 90 % of P and N is provided by AMF and nitrogen-fixing bacteria, highlighting the importance of these in regulating plant productivity. It can also find negative effects of microorganisms on plant productivity when they act as pathogens, compete with plants for nutrients, or transform nutrients into forms inaccessible to plants (17).

Several groups of soil microorganisms also regulate plant diversity by changing competitive interactions or promoting the development of specific plant functional groups. Of particular importance are the symbiont microorganisms that associate with more than 200,000 plant species, which are completely dependent on them for their development and survival (2,3).

For a better understanding of how microbiota influence plant diversity and productivity, several crucial points need to be elucidated, mainly understanding how changes in microbial diversity and composition influence plant productivity and plant community dynamics is a major present and future challenge.

Arbuscular Mycorrhizal Fungi

 

It is widely accepted that the establishment of plant life on land coincided with the establishment and profound evolutionary influence of a mutually beneficial symbiosis between early land plants and a certain class of fungi (18-23).

Most of today's land plants live in symbiosis with fungi that occupy their roots. This symbiosis is known as mycorrhiza, which comes from the Greek mico=fungus and rhiza=root. There are four main types of mycorrhizae (20), but the predominant type is arbuscular mycorrhizae, which are associated with at least 72 % of angiosperms, some bryophytes, most ferns, as well as gymnosperms except for pinaceae (24,25).

Evolution of AMFs

 

Arbuscular mycorrhizae are one of the oldest and most widespread forms of symbiosis. Paleobotanical and molecular data suggest that the first associations between terrestrial plants and a glomonoid fungus occurred more than 460 million years ago (26), 300 to 400 million years before the appearance of root nodules resulting from symbiosis with nitrogen-fixing bacteria.

Current research on the evolutionary history of AMF and mycorrhizal symbiosis with plants is largely focused on genetic and molecular data (27). The fossil record (28), however, has made a major contribution to our understanding of the distribution of mycorrhizal symbiosis in past ecosystems (29-37).

Over 410 million years ago, in the Devonian period, Aberdeenshire originated in northeastern Scotland, a complex and well-developed continental ecosystem, which was petrified through inundation with silica-rich water from hot springs (38) and occupies a prominent place in this context.

This fossil is evidence for the presence of hyphae, arbuscules, and spores very similar to present-day AMF in the early terrestrial plant Aglaophyton majus (31,39,40).

The mycorrhiza of A. majus is considered the prime example of fossil evidence in the evolutionary history of mycorrhizal systems (41-44). Even the fossil evidence from Rhynie contributes to the hypothesis that the establishment of plants on land coincided with and was influenced by the evolution of symbiosis between early plants and a certain kind of fungus (18,20,22,23,45-47).

The similarity of fossil structures to present-day AMF need not necessarily be equivalent to the function they had in ancient fossil associations, as the fungal role in these primary ecosystems may have been more varied than it is today or fungi with similar morphology may have had more diverse functionality (20). Nevertheless, the production of arbuscules in the roots of modern plants is now considered to be a morphological indicator of the establishment of a successful mycorrhizal relationship, and it is likely that a similar view of the symbiotic nature of arbuscules in the fossil record can be accepted.

Importance of AMF in the Soil-Plant system

 

More recent research on AMF has broadened the context in which mycorrhizal symbiosis is viewed, placing great emphasis on its effects on plant communities and the ecosystem in general. Many authors have highlighted the multifunctional nature of mycorrhizal effects including interaction with bacteria (48,49), carbon cycling (50), effect on the plant community (51), tripartite synthesis with mycoheterotrophs (52,53), and mediation of plant stress response (54).

Insight into the role of mycorrhizal relationships in nature

 

The greatest achievement, in the first hundred years of mycorrhizal symbiosis research, was to understand that it is an almost universal association present in virtually all terrestrial plant communities. However, most studies on the functional characteristics of the mycorrhizal association have had a reductionist approach and the role of this symbiosis in the dynamics of terrestrial plant communities has often been overlooked.

Weathering and solubilization of minerals

 

Although it is well accepted that mycorrhizae participate in the acquisition of nutrients found in soil solution, there is growing interest in the idea that mycorrhizal mycelium either by itself or in association with bacteria or other fungi can release nutrients from mineral particles or rock surfaces through weathering (55-57).

Mobilization of nutrients from organic substrates

 

In addition to enhancing plant acquisition of mineral nutrients, many AMF can play a significant role in mobilizing nutrients from organic substrates. The most significant effect for plants is the mobilization of nutrients such as nitrogen and phosphorus that would otherwise not be available to roots. Nitrogen and phosphorus sequestration by AMF from a wide range of organic substrates such as pollen (58), dead nematodes (59), springtails (60) and saprotrophic mycelia (61) has been documented.

Carbon flux

 

The flow of energy-rich carbon compounds from plant roots to edaphic microbiota constitutes the main process of carbon supply to soils, with AMF having a preponderant role in this process by flowing significant amounts of carbon through the mycorrhizal mycelium to different components of the soil ecosystem (62).

Bioremediation

 

Mycorrhizal fungi have a variety of effects that contribute to the amelioration of different types of stresses experienced by plants, including metal toxicity, oxidative stress, water stress, and effects of soil acidification.

Plant diversity and productivity of reconstructed grassland communities have been shown to depend on the presence of a rich assemblage of AMF species (51). Increased fungal diversity results in higher plant species diversity and productivity, suggesting that changes in belowground diversity of mycorrhizal symbionts may generate changes in soil diversity and productivity. The mechanism behind this is likely to be the differential effects of specific plant and fungal combinations on the growth of different plant species. This is consistent with the idea emerging from many molecular studies that the degree of mycorrhizal specificity may be greater than previously assumed. If the addition of new fungal species leads to an increase in the survival and vigor of more plant species that respond to mycorrhizal colonization, then there may be a positive feedback effect on mycorrhizal fungi, leading to more efficient resource utilization and increasing overall productivity. These effects suggest that plant diversity and productivity are more responsive to AMF identity than to AMF diversity (25,50).

Soil characteristics govern rigen mycorrhizal communities

 

As a consequence of the multiple functions of AMF in the ecosystem, the number of ecological studies related to them has increased considerably in recent years. These studies take into consideration mycorrhizal communities associated with different host plants in different ecosystems, however, studies comparing the occurrence of mycorrhizal species and communities in different soil types are scarce and focus mainly on cultivated soils and different land uses.

Soil types have been reported as a determining factor in the composition of mycorrhizal communities being particularly relevant in stressed environments such as saline soils, soils contaminated with heavy metals, and thermal soils (1,3,13,14).

If soil type determines AMF species composition and richness, it would be essential to know the determining factor that influences mycorrhizal communities and whether it is a single parameter or a group of physical, chemical and biological properties that are responsible for this influence.

It has been found that different AMF populations in agricultural fields colonized the same host depending on soil phosphorus concentrations (63), establishing that soil pH has a strong effect on mycorrhizal communities in agroecosystems (64). However, these studies only consider a limited number of soil properties.

More recent approaches suggest that the effects of soil type on AMF populations cannot be attributed to a single edaphic characteristic, finding that the influence of parameters such as organic matter, soil texture, elements such as zinc and magnesium, among others, play a significant role in the composition of the mycorrhizal community in agroecosystems (65-67).

Biotic interactions of AMF in the ecosystem

 

In addition to increasing host plant uptake area, symbiotic fungal hyphae provide increased surface area for interactions with other microorganisms and provide an important pathway for the translocation of energy-rich plant assimilates (photosynthetic products) to the soil. Interactions can be synergistic, competitive, or antagonistic and may be of importance in areas such as sustainable agriculture (48), biological control, or bioremediation.

The extent to which interactions between mycorrhizal mycelia and other microorganisms influence different organic or mineral substrates is still unclear and more experiments are needed to distinguish between the activity of mycorrhizal hyphae and the activities of other organisms. Artursson's experiments show that inoculation with an AMF modified the active bacterial communities associated with mycorrhizal clover and wheat roots (68), suggesting that mycorrhizal fungi may influence bacterial community structure.

Detailed studies using in vitro systems show that AMF exudates have the potential to influence the vitality and community structure of mycorrhizal bacteria (69) and this type of effect may be significant in relation to biological control of plant pathogens.

Approaches based on stable isotope probing, RNA analysis, and metagenomics (70) indicate that there are many hitherto unidentified root symbionts and that bacteria and AMF occupying roots show differential activity in C consumption, with some being greater consumers than others. Some experiments suggest that AMF may influence bacterial assemblages in roots, but that the effect is not reciprocal (71). AMF fungal mycelia clearly play an important role in microbial processes that influence ecosystem functioning, but there is still much to learn about the detailed interactions of root-inhabiting microbes and how they are regulated.

To understand the functioning of mycorrhizal fungi in ecosystems it is necessary to take into account all possible biotic interactions occurring in the soil. While a number of these interactions have been shown to be crucial, some such as parasitism have been more neglected in their ecology and deserve greater attention.

Role of resident and introduced AMF in ecosystems

 

Understanding the potentially large consequences of the globalization of species distributions has become a major focus of ecological studies over the past few decades. This globalization of biota has resulted in ecological degradation (72), biodiversity losses, and increased biotic homogenization (73).

However, there have also been enormous economic benefits associated with the intentional movement of species. For example, virtually all agricultural production is a product of species in non-native habitats. Although not often discussed in the current ecological literature on invasive species, the social benefits and economic gains as a consequence of the movement of biota in an effort to support human societies are considerable.

In this context, the rate and volume of intentional movement of introduced mycorrhizal fungi is increasing as a consequence of the proposed harnessing of beneficial soil organisms for improved agriculture (74), horticulture (75), habitat restoration (76), bioremediation (77), and forestry (78,79).

The intentional movement of mycorrhizal fungal species is growing, but the concomitant potential for negative ecological consequences of mycorrhizal fungal invasions is poorly understood. As far as is known, there are no documented cases where intentional movement of mycorrhizal fungi has directly led to a persistent invasive species problem. However, it is difficult to determine whether this lack of knowledge is because the problems do not exist or because they are not detected.

There is a need to consider the possibility of both overt and subtle undesirable effects of mycorrhizal fungal movement. Undesirable consequences of inoculation, when they occur, are likely to go undetected because large-scale monitoring of inoculation consequences is rarely conducted.

Mycorrhizal fungi are generally considered mutualistic; consequently, there has been little concern about the possible negative consequences of their introduction. However, there is evidence that mycorrhizal function may vary (80-82).

The introduction of AMF may have a direct impact on resident mycorrhizal communities and an indirect impact on resident plant community composition. The direct impact of the introduction of these fungi on resident fungal communities must be carefully studied because there is evidence that once introduced they are highly persistent in their new environments (80).

Even if care is taken to introduce only existing species into ecosystems the problem may continue as new ecotypes may outcompete the residents and spread beyond the site of introduction, and may interact differently with resident hosts, soil communities, and abiotic conditions.

Different species of mycorrhizal fungi vary widely in their responses to the environment and in the benefits they provide to host plants. In addition, hybridization or introgression between introduced and resident populations of plants and animals has been shown to have significant negative consequences for resident populations, including extinction, especially when these populations are small or rare (83). Understanding how introduced AMF coexist with the resident mycorrhizal community and whether they actually lead to changes in agricultural yields is the key to successful application of AMF in agriculture. There are four areas where ecologists could contribute significantly to more effective use of AMF (84):

  • Understanding the survivability and colonization of introduced AMF in the presence of an existing mycorrhizal community.

  • Understanding the AMF adaptability to environmental conditions that the fungus has not previously experienced.

  • The importance of genetic variation within AMF and how it affects plant growth.

  • The need to identify whether the effect of AMF introduction on crop yield is direct or indirect, through changes in the resident mycorrhizal community.

Adaptation

 

To be effective, the fungus has to adapt to a particular soil type or crop. In fact, since high nutrient levels can reduce mycorrhizal colonization, it may be more difficult for AMF to establish in more nutrient-rich soils. However, some AMF species appear to have an extremely large geographic range, suggesting a lack of specialization to certain environments such as Funneliformis mosseae and Rhizophagus irregularis (85). In fact, some field studies successfully used in vitro cultures of R. irregularis from arid soils of Spain in extremely nutrient-poor tropical acidic soils and with a plant (cassava) that the fungus had not previously experienced (86).

Colonization and competition

 

AMF differ in the rates at which they colonize plant roots, as well as their abilities to compete with other mycorrhizal fungi once they are inside the roots. For example, it has been shown that isolates of Glomaceae tend to colonize roots significantly faster compared with isolates of Acaulosporaceae and Gigasporaceae, some of which took up to 5 weeks longer than species of the Glomaceae family (87).

Studies of interactions between resident and introduced AMF species show that competitive results also vary with fungal taxa (88).

Although competitive outcomes may sometimes depend on initial relative inoculum densities, some mycorrhizal fungal taxa are clearly more competitive than other species. The presence of one fungus in a root system may alter the ability of another to colonize roots, but this may depend on the stage in the fungal life cycle.

Ecological impact of introducing non-resident AMF

 

An obvious question is whether the introduction of a nonresident AMF significantly alters the diversity or composition of the existing mycorrhizal community. Several studies that have used metagenomic techniques provide the first picture of mycorrhizal diversity in communities (86). A major challenge is the ecological interpretation of any changes in the resident mycorrhizal community. Although a decrease in AMF diversity is likely to be considered a negative environmental impact, it is not yet clearly understood which aspects of mycorrhizal diversity (richness, evenness) favor crop growth.

Persistence and invasiveness of introduced AMF

 

Mycorrhizal inoculants are difficult to locate in field experiments. Therefore, in practice, it has been difficult to measure the persistence or invasiveness of an introduced AMF. Another practical problem is that the same fungal species may already be present in the resident mycorrhizal community, which means that a large number of molecular markers used to track the fungus may already exist at the field site (59,63,80).

Conclusions

 

The introduction of an allochthonous AMF is a biotic disturbance that could alter the structure of the resident mycorrhizal community. However, there is no information on whether mycorrhizal inoculation resulting in improved crop yield is actually due to a direct effect of the fungus, used as inoculum, on the plant or indirectly, through a change in the resident mycorrhizal community. Therefore, it is pertinent to understand the mechanisms governing the community composition of AMF in response to the application of a mycorrhizal inoculum. This is a key ecological issue that requires careful consideration for an ecologically sustainable use of AMF. In addition, variable effects on mycorrhizal crop yields using the same inoculum in different agroecosystems could be determined by its indirect effect on local mycorrhizal communities, which could differ in these locations.